Selección

El Mundial más hermoso de la historia

Se cumplen 30 años de la gesta argentina en Italia 90, aquella noche mágica en la que nuestro fútbol empezó a percibirse como todavía se ve: no importa el juego, no importa cómo se llega, no importa si estamos en el medio de un estadio que nos odia, siempre habrá un milagro que nos salvará. Cómo fue la histórica racha negra que sufrió antes de la Copa, cómo estaba Maradona, el nacimiento del bilardismo extremo: en este texto, historias de aquella Selección Imposible. Elogio de Italia 90, la apología del luchador

Por Ignacio Fusco

Diego Maradona(Captura de YouTube)

Diego Maradona | Captura de YouTube

Diego Armando Maradona nació el 22 de junio de 1986 en el Distrito Federal, capital de México, y fue elevado y entronizado cuatro años después, el 8 de julio de 1990, en la capital de un viejo mundo: Roma. Hay especialistas que aseguran que la entronización había sucedido en realidad unos días antes –el 24 de junio, con aquella apilada en el 1-0 a Brasil–, pero quienes desestiman esto lo hacen porque, porfían, no existe el Maradona que adoramos, aborrecemos o pensamos ahora sin el primer plano de sus puteadas a los italianos que silbaban el Himno Nacional. No fue lo único que nació aquellos días. En lo que todas las corrientes sí coinciden, jamás discuten, es que en aquel 1-0 en Turín se fundó el extremismo bilardiano, el ala dura de un entrenador fenomenal: baile en contra, travesaños que se agitan como una marea, voladas de Goycochea, prueben con dársela a los que tienen nuestra misma camiseta, Caniggia es ahora o nunca, la macabra fábula del bidón. 

En estos días se cumplen treinta años del Mundial de nuestra infancia, la eterna noche mágica en la que el fútbol argentino empezó a percibirse como todavía se ve: no importa el juego, no importa cómo se llega, no importa si estamos todos en el medio de un estadio que nos odia porque esto somos, somos caos, no importa si hay un defensor rengo o un tobillo inflado, la magia siempre sucederá. Italia 90 fue la apología del luchador. Fue la consagración definitiva del Manual de Carlos Bilardo, con el hermoso gag de que sucedió con un equipo que fue subcampeón. Italia 90 fue la resistencia, fue la supervivencia de los campeones, fue la trampa, fue la creación del Maradona guerrero y soldado, fue la conspiración. El nacimiento de la Selección Imposible. Somos Italia 90 todo el tiempo. Una historia en la que nos encanta vernos. Es la historia que nunca nos dejamos de contar.

Argentina debutó en el Mundial el 8 de junio —con aquel 0-1 ante Camerún— pero el punto exacto para entender dónde empieza su mito, su historia discursiva, sucedió una semana antes, el 22 de mayo, en Tel Aviv. Fue el día en el que volvió a activarse el protocolo bilardiano: si antes del 86 se había jugado el último amistoso frente a Israel, antes del 90 el último amistoso debe jugarse frente a Israel. Hacía nueve partidos que la Selección no ganaba, casi un año: la última victoria había sido el 8 de julio de 1989, un 1-0 a Uruguay con gol de Caniggia, por la primera fase de la Copa América que se jugó en Brasil. Desde entonces, la regularidad del equipo había sido asombrosa: empató, perdió, perdió, empató, empató, perdió, perdió, empató, empató. Si al 86 se había llegado con un equipo desahuciado y rengo, al 90 –protocolo– podía llegarse tranquilamente con uno peor. En esos nueve partidos, para colmo, había metido dos goles nada más. Finalmente, como corresponde, Argentina le ganó a Israel por 2-1 (con goles de Maradona y Caniggia; en el 86 había triunfado por 7-2) y llegó a Italia después de esa serie de amistosos calamitosa, una racha que quizá hoy impulsaría —mínimo— a cambiar tres veces de entrenador.

Incluso hubo un partido, en marzo, que tiene una historia maravillosa. La Selección visitó a Escocia en Glasgow. Antes del amistoso un periodista lanzó un dato que entonces era imposible de comprobar: si el equipo no metía un gol antes de los seis minutos tendría el récord mundial de imbatibilidad. O sea: que no podía batir a nadie. O sea: que en sus últimos seis partidos no había metido ni un gol.

No se les ocurra meter un gol antes de los seis minutos porque nos quedamos sin récord –dijo Bilardo en la charla técnica–. Nosotros tenemos que estar en todas las conversaciones, las buenas y las malas. Después de los seis minutos hagan lo que quieran.

La frase la develó Valdano, que ese día fue titular. El historial médico clínico de su entrenador los hizo oscilar a los jugadores entre suponer que eso había sido un consejo, una orden o un intento humorístico para desactivar la presión. Ante la duda, entonces, obedecieron: pasaron perfecto la barrera de los seis minutos. Y la de los ocho. También la de los nueve. Cero drama, aquel equipo, en superar cualquier barrera, en realidad. Argentina perdió 1-0 por un gol de McKimmie. Faltaban dos meses para el Mundial.

Un Mundial que fue horrendo en el juego (¿hubo uno más feo?) pero fabuloso (¿hubo uno más fabuloso?) en las historias que entregó. Porque el fútbol, en definitiva, es eso: historias, fábulas, un cuentito infantil apto para todo adulto. La única máquina del tiempo que sirve para volver cada semana a la niñez.

¿Saben quién fue el goleador del campeonato? Un tipo que en su selección había jugado un solo partido en toda su vida, que luego solo jugó diez más –el del 90 fue, obvio, su único Mundial– y que en el arranque de la Copa había ido al banco: el italiano Schillaci, alias Totó.

La revelación, ¿saben quién fue la revelación? Un delantero que entonces tenía 38 años –los 38 años de entonces, no éstos en los que veinte nutricionistas moldean a los jugadores para tener la vitalidad y la vigencia de un Rolling Stones–, un tipo que ya se había retirado del fútbol pero el presidente de su país le pidió por favor que, por su experiencia, si se copaba, viajara igual. Y Roger Milla, el bailarín de una Camerún que por primera y única vez llegó a los cuartos de final, viajó igual.

Fue además el último Mundial de la Unión Soviética (donde sucedió el spin off de La Mano de Dios, con Maradona pegándole una piña a la pelota y salvando un gol en la línea), fue el último de Yugoslavia también (su entrenador, Ivica Osim, ha contado que en su pueblo se preguntaban: “¿se hubiera desatado la Guerra de los Balcanes si Goycochea no nos atajaba ese último penal?”), fue el primer Mundial después de que cayera el Muro, fue el último de Inglaterra antes de que se creara –en 1992– la Premier League (con sus héroes desordenados de los 80, como Paul Gascoigne). ¿Hubo camiseta más linda que aquélla de Italia, su escudo redondito, elegante sport?

Y Argentina.

Y, por supuesto, Argentina.

La Selección Imposible, un campeón peso pesado que llegaba como si hubiera estado en un exilio lisérgico en la selva, solo siete partidos ganados en la inmensidad de los últimos cuatro años (sobre 34 jugados), medio roto y decolorado el cinturón.

El Tata Brown tenía una rodilla rota: no llegó al Mundial. Giusti llegó, pero con una tendinitis: los primeros dos partidos no los jugó. Burruchaga y el Vasco Olarticoechea también llegaron lesionados. Valdano se había retirado hacía tres años, Bilardo le pidió que volviera, Valdano se entrenó, volvió, jugó aquel 0-1 contra Escocia: después no lo convocó. Ruggeri tenía una pubalgia. Maradona había sido campeón con el Napoli pero ahora quería irse –al Olympique de Marsella–, y el presidente, Corrado Ferlaino, se lo prohibió. Argentina debuta encima en el símbolo de la Italia que él había desafiado y derrotado, la clase alta de Milán. Eso en el primer partido (que pierde). En el segundo, a los 11 minutos el arquero titular se rompe una mano: en la Selección entra entonces un pibe que había jugado solo dos partidos en tres años y, como corresponde, los perdió los dos

En menos de treinta días –notti magiche– su cara estará en todas las paredes, todos los carteles, todos los colectivos del país.

No hubo Mundial más hermoso que Italia 90, la apología del luchador. Un torneo que el fútbol argentino –su mentalidad, su discurso, su manera de verse– todavía juega hoy. 

¿Qué preferís, ganar con baile, un 5-0 inverosímil, escandaloso, lleno de oles, o preferís hacerlo con un gol medio sobre la hora, después de que te haya peloteado todo el tiempo el rival? 

O sea, ¿qué preferís, jugar al fútbol como nunca habías jugado –una Argentina, de alguna manera, desconocida–, o ser la Argentina de entonces, esa junta de veteranos de guerra que ganó la Batalla de Turín?

Se vienen días en los que el fútbol será otra vez la perfecta máquina del tiempo. ¿Dónde estabas cuando Goycochea atajó el último penal contra Italia? ¿Qué peinado tenías, quién eras cuando Vöeller encaró en el área y Sensini se le tiró desde atrás? De mi parte, me acuerdo de dos cosas: la tele chiquitita de la cocina de mi casa en la que vi la Copa, y cuando cambiábamos figuritas con mis compañeros en el patio del colegio, todos abrazados ante un sobrecito nuevo como si, al abrirse, a cada uno se le otorgara un superpoder. Hablando de superpoder: de Maradona sobrevivió la historia de su tobillo hecho un mapamundi pero en marzo del 90, a menos de tres meses del estreno, también tenía la cadera a la miseria. Después de un entrenamiento con el Napoli unos periodistas le preguntaron cómo estaba, cómo se sentía. La pregunta, puntual, fue ésta: si podía correr.

–Puedo, puedo –dijo Diego–. Las infiltraciones me hicieron bien. Ahora puedo correr, sí, igual a como corre mi papá.

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