Opinión

La nueva era de la Selección Fantasma

El mundo que Messi inauguró hace 20 años (irse a Europa sin jugar acá) es ahora la nueva norma argentina: de los 30 futbolistas que Scaloni había convocado del exterior, 18 no jugaron ni 70 partidos (dos temporadas) en nuestra Primera División. Incluso hay siete jugadores que, todos juntos, no alcanzan 85 encuentros cerca nuestro, en nuestros clubes, acá. ¿Nos emociona que Dybala haya sido elegido el mejor jugador de la Serie A? ¿Qué sabemos de Nehuén Pérez, cuántas veces vimos a Foyth? El excepcional caso de Martínez Quarta y la palabra del Kily González. La nueva lógica del cambio cultural más fuerte de los últimos 30 años en la relación de los hinchas con la Selección

Por Ignacio Fusco

Lucas Ocampos jugó muy poco en el fútbol argentino hasta que pasó al fútbol francés(Prensa Selección)

Lucas Ocampos jugó muy poco en el fútbol argentino hasta que pasó al fútbol francés | Prensa Selección

–Parece que estoy adentro de la Play, papi. Es increíble; no lo puedo creer.

Un ex defensor de Boca que ahora tiene 18 años y está en Barcelona charla con su viejo, que vive en Córdoba capital. Le dice eso. El papá se llama Pedro Ramos y, obviamente, tampoco lo puede creer: su nene, su hijo, el zurdito que jugaba en Deportivo Atalaya, rodeado ahora por Messi, Busquets, Piqué. “Parece, me decía –se sonríe Pedro, lo repite, en una nota con El Doce, un canal local–, que estoy adentro de la Play”. Su nene, su hijo, su zurdito, se llama Santiago Ramos Mingo y hace tres partidos consecutivos que va al banco de suplentes en los partidos del Barcelona de Koeman, Ansu Fati, Griezmann, De Jong. En junio de 2019 había jugado sus primeros dos amistosos en el Boca de Tevez, Benedetto y Pavón, pero cuando le ofrecieron un contrato como profesional entendió que el salto tenía que ser otro: irse a vivir adentro de la Play. Santiago Ramos Mingo acaso ahora juegue, acaso la rompa, ojalá la rompa, y cuando Lionel Scaloni lo cite para algún amistoso o lo inscriba en alguna lista sábana de las Eliminatorias para el Mundial, por acá tendremos que hacer lo que más hacemos últimamente: contar de dónde vienen, cómo juegan, quiénes son, los futbolistas argentinos de nuestra Selección.

De los 30 jugadores que Scaloni convocó del exterior –la lista inicial, la primera de todas–, 18 no llegaron a jugar 70 partidos en nuestra Primera División. O sea: más de la mitad de la Selección Argentina que se salió a buscar más allá de las fronteras no jugó ni siquiera dos temporadas acá. Dos convocados no lo hicieron nunca (Lionel Messi y Emiliano Martínez), y hay otros siete que, si los ponés todos juntos, no alcanzan 85 partidos entre un Apertura, un Clausura, una Superliga o un Torneo Inicial. Para tener una referencia, cosa de entender la magnitud de todo, Lucas Martínez Quarta se fue a la Fiorentina con 104 partidos detrás: fueron cuatro años consecutivos en la tele del living de millones de argentinos que lo conocieron, lo vieron, saben cómo se mueve, quién es. Hay sentimiento, hay identificación: a esta altura, una rareza, toda una anormalidad. De hecho, si lleváramos el límite a esos 100 encuentros ya serían 23 de los 30 convocados los que no jugaron lo que Martínez Quarta acá. Ya pasaron 20 años de la ida de Messi a Barcelona. Un vuelo que –nadie lo sabía– inauguraba otro mundo, esta nueva lógica. Nuestra última derrota cultural.

Dybala y Ocampos, figuras de Instituto y de River durante un campeonato de la B Nacional, jugaron dos partidos en Primera y luego se fueron, a los 19 y a los 18 años, al fútbol italiano y al francés. A Nicolás González, delantero de Argentinos, le pasó más o menos lo mismo: la rompió en el equipo de Heinze, ascendió, jugó 24 partidos de una Superliga y partió –a los 20 años– al Ascenso alemán. Foyth, Nehuén Pérez y Balerdi –finalmente desafectado, como González– jugaron menos de diez partidos cada uno. Se reescribe, lentamente, para entenderlo mejor: tres defensores que tranquilamente pueden formar la última línea del próximo Mundial jugaron nueve, cinco y cuatro partidos cerca nuestro, acá. Facundo Medina, más o menos lo mismo: 36 partidos y adiós. Son los siete jugadores que, todos juntos, no llegan a 85 juegos en el país. A ver: no es novedad que la Argentina es una tierra exportadora de cabezazos en el segundo palo, adaptación y fervor (3.890 futbolistas en 2019, según el estudio anual de Football Player Exports), el cambio rotundo es que ahora ya no los conocemos, no los vimos, no sabemos quiénes son. Eso desde nuestra mirada. Desde la de ellos, hay algo peor todavía: salir campeón en la Bombonera es un detalle que por primera vez en la vida se puede saltear. 

“La tecnología igualó todo. Vos vivís en Villa Luro y Barcelona al final te queda a la misma distancia que la cancha de Vélez, si vas a ver todo por televisión –irrumpe Martín Kohan, escritor, ensayista, profesor, demente hincha de Boca, charlando en los Live de TNT Sports–. Incluso parece haber pibes que son hinchas del Barcelona y nada más. Esto produce un cambio fundamental con la Selección Argentina, al menos para los que crecimos relacionándonos con la cancha. Cambió la relación con lo cerca, que es `A éste yo lo vi´. No digo que lo viste durante tres temporadas, digo que lo hayas visto en la cancha, en el mismo lugar en el que estuviste vos. Te pongo un ejemplo: yo suelo ir a ver a Defensores de Belgrano. ¿Te acordás de Miguel Barbieri? Defensor, jugó en Racing, en Central. Bueno: Barbieri jugaba en Defensores, acá. Una vuelta metió una barrida, una barrida con la que siguió de largo, salió de la cancha, terminó a mis pies. ¡A mis pies! O sea, yo estaba agarrado del alambrado de un lateral y ¡Barbieri estaba ahí, estaba acá! A mí me gusta mucho el fútbol del Ascenso porque te da eso, esa proximidad. Entonces, el pibe después jugó en Racing y ahí claro que ya lo veía por televisión, pero iba y le decía a mi hijo: ‘Éste es el que se barrió hasta mis pies’. Bueno: esas escalas son las que se alteraron. Al estar todo cerca, por la tele, ese cerca entra en crisis. Cuando lo lejos es cerca, el cerca se altera muchísimo”.

Hace dos meses, en Italia se eligió a Paulo Dybala como el mejor jugador de la última temporada de la Serie A. Es un premio que han ganado Pirlo, Zidane, los dos Ronaldo (el gordo fiestero y Terminator), Ibrahimovic, el brasileño Kaká. Incluso, Dybala lo ganó con Cristiano en su mismo equipo, la némesis del gran Lionel. ¿Cuántos diarios impresos llevaron a su tapa un hecho deportivo que cuando sucedía con Tevez (lo ganó en 2015) era orgullo nacional? ¿Cuántos medios tradicionales eligieron esa noticia con el mismo fervor que cuando Crespo, Batistuta, Higuaín o Milito eran goleadores del hermoso y querido Calcio, la vieja Giostra dei gol? Uno solo: La Voz del Interior. Fue el único. Diario, obviamente, de Córdoba. El fútbol nace en los recuerdos. Es, ante todo, un hecho sentimental. 

¿Cuántos partidos enteros viste de Leandro Paredes (que al comienzo de la última temporada era suplente y juega en otra posición, no de 5, en el Paris Saint Germain)? ¿Cuándo fue la última vez que te emocionaste con Lo Celso, generalmente afuera de los 11 en el Tottenham de Mou? ¿En qué equipo juega Guido Rodríguez? ¿Algún hincha se habrá entristecido porque el martes se lesionó el arquero con más vallas invictas del último campeonato italiano, Juan Musso, cuarto arquero de la Selección? Acaso la diferencia vital con la generación anterior es que los gigantes de Europa ya no miran (con la excepción de Lautaro Martínez) a nuestros cracks: mientras Di María era la figura de la final de la Champions 2014 en el Real Madrid, el Kun Agüero metía el gol definitivo de la Premier 2012 en el City, Messi siempre fue Messi y a otros jugadores, como Lucas Biglia o Pablo Zabaleta, ya los teníamos porque habían ganado alguna medalla olímpica o un Mundial juvenil –los últimos años del linaje de Pekerman–, ahora, Cristian Pavón, Pity Martínez y Ezequiel Barco se van a la MLS, Alario juega de titular 11 partidos sobre 34 en un equipo que sale 5º en la Bundesliga y Gaich, el gigante de San Lorenzo, goleador argentino del último Sudamericano Sub 20, termina en el frío de Rusia, decolorado, difuso, allá. Hay solo cinco argentinos Sub 23 en los grandes de Europa: Maxi Romero (PSV), Lisandro Martínez (Ajax), Marcos Senesi (Feyenord), Balerdi (Olympique Marsella) y Ramos Mingo, el zurdo que vive adentro de la Play (Barcelona). Es otro de los cambios del nuevo mundo: son defensores Sub 22 los que Europa viene a buscar. Cristian Romero (de Belgrano al Genoa), Facundo Medina (de Talleres al Lens). Nehuén Pérez (el Atlético de Madrid lo prestó al Girona), el viejo caso de Foyth. Argentinos, nuestra nueva fortaleza: garantía de solvencia y seguridad.

“Antes era más difícil irse a Europa, incluso era mucho más difícil debutar y jugar en Primera División –contó el Kily González, nuevo técnico de Rosario Central, en Halcones y Palomas–. Hay que hacer un camino previo antes de abandonar nuestro fútbol, hay que dejar una huella en el club”.

El Kily González era un eléctrico volante izquierdo que había jugado dos años y 51 partidos en Central cuando, a sus 21 años, lo llamó el Real Madrid. Y atrás del Real Madrid lo llamó Maradona, que en aquel 1995 había vuelto a Boca 13 años después. 

“¿Sabés cuál es el tema? –se entusiasma el Kily– Que yo me había criado viendo la generación del fútbol de los 80. Yo tenía en la cabeza ese fútbol, esos equipos. Así que me fui a Boca. Y si me dieran a elegir hoy, lo haría otra vez. Primero está la gloria. A mí me movilizaba la camiseta, la pasión. Esa pasión que te llevó a jugar a la pelota a los cuatro años, bueno: es eso lo que te tiene que mover. La guita, los grandes de Europa, todo eso llega solo, todo eso llega después”.

Pero el problema no parece ser lo que llega después, sino lo que vino antes: antes que los ídolos de la tele ochentosa o noventosa, antes que la cultura de la cuadra, antes que todo eso llega ahora la potencia de la Play. Wijnaldum antes que Schunke, el Wanda Metropolitano antes que la cancha de Central. Es el nuevo álbum de figuritas de la niñez. Y es lo que pasa con las ficciones, cuya mayor victoria es invertir el orden. La Play, esa estricta copia de la realidad, ha logrado que la realidad quiera parecerse a ella. Jugar con los que tienen 95 de stamina. Estar ahí adentro. Irse a vivir allá.

Comentarios