Opinión

La final de Madrid pesa más que la de Tokio

Tantas pasiones y sentimientos se mezclan en este fútbol bendito que una final del Mundo perfecta contra un rival gigante, la que Boca saboreó contra el Real Madrid en Japón, puede ser superada por una final de América con juego de vuelo bajo y disputada en otro continente, la que River gozó ante Boca en España

Por Quique Gastañaga

El Pity Martínez y Martín Palermo

El Pity Martínez y Martín Palermo

¿Qué final escogería un hincha de Boca para atrapar a un hijo pequeño, todavía sin ningún tipo de registro futbolero? Ideal sería la final de Tokio, la Copa Intercontinental de 2000, por el camino recorrido hasta desembocar en ese momento, con eliminación incluida de su enemigo eterno, y por cómo arrodilló en tierra japonesa y ante la mirada del mundo a un rival descomunal como aquel Real Madrid, con una producción colectiva e individual para coleccionar, con autoridad total... 

¿Qué final elegiría un fanático de River para seducir a su hijito que casi nada sabe de este juego? Sin dudas, la final de la Copa Libertadores 2018 jugada en Madrid, ese golpe histórico proporcionado al adversario máximo, bien lejos de Argentina y después de haber estado en la serie tres veces en desventaja...

Ahora bien, comparando ambas historias, jugando frente al espejo con ellas, cotejándolas en una balanza imaginaria, la final de Madrid pesa más que la de Tokio.

Parecen inigualables las fantasías de Riquelme, los alaridos de Palermo, las corridas del Chelo Delgado y la marca perfecta de Matellán sobre Figo en aquella final de hace veinte años, en el estadio Olímpico de Tokio, que gozó el Boca de Carlos Bianchi frente a los galácticos del Real Madrid. Se trató tal vez de la última exhibición de un equipo argentino frente a un coloso universal.

Roberto Carlos (27 años), Figo (28) y Raúl (23) estaban híper vigentes, rodeados por Casillas, Fernando Hierro, Makelele, Guti, McManaman... En el banco, Morientes, Santiago Solari, Savio... El DT era Vicente Del Bosque. Sí: era un Real Madrid impactante. Boca lo cacheteó de entrada con dos latigazos de Palermo y lo manejó con un Riquelme genial, sostenido por un equipo equilibrado, inteligente y lleno de valientes. Fue 2-1 y supo controlarlo a pesar del rápido descuento de Roberto Carlos.

Boca había llegado hasta esa situación por haber ganado una Libertadores eliminando a River en partidos memorables y conquistando la final de visitante en Brasil, en el Morumbí de San Pablo, ante un Palmeiras que se sentía ganador de antemano. Esa final contra el Real Madrid fue el reflejo de la supremacía futbolera en todos los sentidos. Una exposición de todas las virtudes que necesita un equipo campeón frente a otro de magnitud exhuberante. Al cabo, representó la síntesis perfecta y no dejó dudas sobre quién era el mejor del mundo.

El valor de aquel momento disfrutado por Boca, además, se multiplicó porque River no había ganado nunca una final del mundo de ese modo y ante un rival tan inmenso. Antes de aquel episodio, había padecido la caída contra la Juventus de Zidane y Del Piero en 1996. Después, cuando tuvo una chance semejante, terminó bailado y goleado por el Barcelona de Messi, Suárez y Neymar. Encima, el Mundial de Clubes posterior a la final de 2018 encontró a los de Núñez sin llegar ni siquiera al choque decisivo contra el Real Madrid: terminó despedido en semis por los desconocidos del Al-Ain de Emiratos Arabes Unidos. 

La final en Madrid de 2018, mucho más fresca por supuesto, no logra discutirle en jerarquía futbolera a la de Tokio 2000. Fue un partido de juego chiquitito. Además, aquel River de Gallardo era mucho menos que aquel Boca de Bianchi. Muchísimo menos. Tal vez el de los entrenadores sea el único ítem en el que podrían debatir mano a mano con una cierta dosis de equivalencia. Sin embargo, en este juego desbordado por las pasiones y por los sentimientos, no se trata sólo de medir las razones vinculadas estrictamente con la pelota.

El hincha de River le dirá al pequeño que pretenda convencer que en aquella final le ganó a su enemigo máximo. Que lo hizo otorgando todas las ventajas que se puedan imaginar, empezando por la localía. Boca jugó en la Bombonera la ida, pero por los incidentes en el Monumental la revancha se terminó mudando a España, a Madrid, al Santiago Bernabéu. 

También el hincha millonario le contará a su hijito que River en la serie tres veces fue perdiendo y siempre se recuperó. Que dio muestras de valentía no arrodillándose en el alargue. Agigantará el festejo de Pratto en Modo Oso para empatar en un instante crucial. Exagerará remarcando que Juanfer Quintero fue tan grande o más que Riquelme ante el Madrid porque hizo el segundo gol, clave. Y le hará ver una y mil veces la corrida del Pity Martínez hacia el arco vacío en el tercero. Le repetirá hasta el hartazgo que fue la única final superclásica de América.

Los hinchas de River siempre elegirán esa historia para contar, como final, como partido, en cualquier circunstancia. Fue el cruce de equipos argentinos más importante de la historia. Superó todo. Si hasta el Real Madrid con asombro le abrió la puerta del Santiago Bernabéu para recibirla con orgullo y con jactancia.

En cambio, los de Boca seguro no se pondrían de acuerdo. Tal vez dejan a un lado aquel hito contra el Real Madrid. A lo mejor se inclinan por goces superclásicos únicos: la final del Nacional 76 con el tiro libre de Suñe, los cuartos de final de la Libertadores 2000 con el caño de Riquelme a Yepes y con el muletazo de Palermo, la gallinita de Tevez silenciando al Monumental en semis de la Copa 2004, el 5-4 de 1974 con cuatro goles de García Cambón, el 4-3 de la Libertadores 1991 en la Bombonera tras ir 3-1 abajo. Según las generaciones, según los gustos, según las sensaciones de cada momento, optarán. 

Entonces, como los de River no dudan y los de Boca deshojan la margarita, la comparación decanta y a la sentencia respalda: la final de Madrid 2018 pesa más que la de Tokio 2000.

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