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Guillermo no era menos que Ortega

Sacudían. Emocionaban. Entretenían. Jugando a las comparaciones, en un podio imaginario, el tiempo y algunos matices tal vez ubiquen al Burrito por encima del Mellizo. Sin embargo, este último no era menos. Dos atorrantes que nacieron pegados a la raya y luego desequilibraron por toda la cancha

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Por Quique Gastañaga

Guillermo Barros Schelotto y Ariel Ortega

Guillermo Barros Schelotto y Ariel Ortega

Jamás se olvidarán aquellas vibraciones que provocaban. Es que sacudían. Emocionaban. Entretenían. Con todos los valores del potrero, a puro talento, desbordados de picardía. Si ellos estaban en cancha, había que prepararse y abrirse a las sorpresas, a los asombros... Jugando a las comparaciones que siempre este fantástico juego se permite, en un podio imaginario, el tiempo y algunos matices tal vez ubiquen a Ariel Ortega por encima de Guillermo Barros Schelotto. Sin embargo, el Mellizo no era menos que el Burrito.

Es real que Ortega construyó una carrera con brillos superiores a la trayectoria de Barros Schelotto. Ese jujeño nacido en Ledesma jugó en dos grandes ligas europeas, en España (Valencia) y en Italia (Sampdoria y Parma). Tan cierto como que en ninguna de esas aventuras logró ser el verdadero Burrito que deslumbraba en River, ese amor al que tres veces volvió aunque no pudo sostener la convivencia en casa por más de dos temporadas. Tras el primer retorno, voló a Turquía (Fenerbahce: duró poco y aterrizó en Newell's). Y sus últimas dos partidas fueron a destinos inesperados: Independiente Rivadavia (luego 12 encuentros en All Boys) y Defensores de Belgrano.

El mejor Ortega de River fue el primero, sin dudas. Tal vez no debió irse jamás de Núñez. En aquellas decisiones de Ariel pesaron los negocios y los millones europeos. Esas tentaciones que no lograron obnubilar a Barros Schelotto. Nunca al Mellizo le gustó andar de aquí para allá. Siempre le hizo caso a su gran maestro, Carlos Timoteo Griguol.

Bien hincha de Gimnasia, sólo Guillermo se fue cuando estuvo convencido, cuando Boca lo atrapó. Después, sí: no hubo oferta extranjera que lo conmoviera porque, según él mismo aceptó, “nunca me vinieron a buscar equipos como Real Madrid o Barcelona; nunca hubo una propuesta superlativa”. Y se quedó una década en Boca. Hasta que apareció Rodrigo Palacio, empezó a perder lugar y eligió Estados Unidos, el Columbus Crew. El retiro también lo escogió: volvió gratis para darle una mano a su Gimnasia, que peleaba el descenso, un final que ni con su ídolo pudo evitar.

A favor de Ortega, eso sí, juega su pasaje por la Selección. Lo estrenó Alfio Basile, pero lo afirmó su padrino futbolístico Daniel Passarella. Tres Mundiales gozó el Burrito. Fueron 106 partidos en 15 años con la celeste y blanca. Mientras Guillermo protagonizó apenas 12 entre 1995 y 1999, justo cuando el jujeño se consolidaba. ¿Qué hubiera ocurrido si Ortega no le aplicaba aquel cabezazo a Van der Sar que derivó en expulsión, en Francia 1998? Sin aquel desborde, ¿Argentina habría ganado el Mundial con el jujeño como figura? No pasó. Imposible saberlo. ¿Qué hubiera sucedido, por ejemplo, si alguna vez Carlos Bianchi hubiera dirigido a la Selección? ¿Habría logrado mayor protagonismo Barros Schelotto? No pasó. Imposible saberlo.

Nacidos con menos de un año de diferencia (Guillermo el 4/5/1973 y Ortega el 4/3/1974), también jugaron casi la misma cantidad de partidos en su carrera: el Mellizo, 640 con 176 goles; y el Burrito, 699 con 144 gritos. Claro que el comparativo de títulos muestra a Barros Schelotto muy por encima, en especial en el rubro internacional.

De todas maneras, en el juego del espejo con el Mellizo y con el Burrito, resulta un desperdicio estacionar sólo en trayectorias y estadísticas. Es que lo mejor es lo que no se puede contar con números. Fueron dos atorrantes que nacieron pegados a la raya y luego desequilibraron por toda la cancha. Goles uno y otro convirtieron para la memoria. No sólo Ortega construía corridas y apiladas memorables, con resoluciones dulces. También Barros Schelotto hacía lo mismo. Lo ideal es viajar al archivo y repasar sus mejores cuentos. Ahí se confirmará que eran muy parecidos.

El Mellizo fue un talento mucho más ordenado que el Burrito. Al cabo, es coherente con el modo en que fueron dibujando sus carreras. Con la misma esencia en el juego y al mismo tiempo, marcaron una época en Boca y en River. Y culminaron transformados en estatuas. Sí, Guillermo no era menos que Ortega.

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