Internacional

Los otros burofaxes de un Messi que desafía a todo el mundo

Este domingo a las 16, el capitán argentino vuelve a jugar por los puntos en el Camp Nou. Será contra el Villarreal, con el debut oficial de Koeman y con Ansu Fati, Coutinho y Griezmann como socios. Luego de haber dicho que el presidente Bartomeu es un mentiroso, que en el Barcelona “no hay proyecto ni nada” y que a Luis Suárez lo echaron, las explosiones del 10 no son, sin embargo, algo nuevo: en esta nota, cruces con otros presidentes, con Martino, con Guardiola. Perfil del Messi menos conocido. Historias de un argentino que sabe explotar

Por Ignacio Fusco

Los otros burofaxes de un Messi que desafía a todo el mundo(Prensa Barcelona)

Los otros burofaxes de un Messi que desafía a todo el mundo | Prensa Barcelona

Lionel Messi nunca fue callado. Una vuelta se cruzó con el que entonces era el presidente de Barcelona, Sandro Rosell. Le dijo: “Parece que tu brasilerito no camina”. El brasilerito era un malabarista de cresta mohicana que jugaba contra una banda y se llamaba Neymar. Después se hicieron amigos, pero mientras Neymar jugaba sus primeros cinco partidos de Liga y no metía ningún gol —mientras jugaba sus primeros cinco en la Champions y tampoco—, Messi le soltaba ese burofax al presidente porque el brasilerito recién había llegado y ya ganaba más plata que él. 

Otra vuelta, otra escena, ahora durante un vuelo en un avión: congregados como si fueran a jugar un truco, el presidente discutía el pago de unos premios con Iniesta, Xavi y Puyol. También estaba el secretario técnico, Andoni Zubizarreta, glorioso arquero mundialista de los 80 y los 90, compañero del nuevo técnico, Ronald Koeman, en el Barsa de Cruyff. Messi escuchaba cerquita, unos asientos atrás. En un momento se paró. Llegó al cónclave, habló poquito: todos se callaron, todos lo escucharon. El tema, inmediatamente, se resolvió. “Hace tiempo que no hay proyecto, no hay nada, se van haciendo malabares, tapando agujeros”, le dijo ahora, hace tres semanas, a Goal. También ahora, el último viernes, escribió en su Instagram que Luis Suárez se merecía que lo despidieran como lo que es, “uno de los jugadores más importantes de la historia del club”, y no “que te echen como lo hicieron”, pero, la verdad, “a esta altura ya no me sorprende nada”. El hombre que en la Argentina siempre creímos que era suave, invisible, apático, tímido, es, en realidad, un hombre cualquiera, un ídolo más: exigente, quejoso, gigantesco, brutal. Un hombre que le marcó la cancha a Gerardo Martino, que estuvo meses sin hablarse con Luis Enrique y sobre el que Pep Guardiola dijo en una conferencia que él mejor se iba porque, caso contrario, “nos haremos daño” quizá. Messi no solo desafía las leyes del fútbol, el cuerpo, la velocidad. También desafía a todos porque sabe —siente— que no hay nadie como él.

Ha pasado menos de un mes de Burofax, la triste miniserie de la postemporada, y el mundo ya vuelve a empezar: este domingo a las cuatro de la tarde Messi será el Messi de toda la vida, con el Barsa, por la Liga y en el Camp Nou. Ante el Villarreal, con el debut oficial de Koeman, iniciará su 17º torneo español. En los últimos tres le fue más o menos: metió 95 goles y ganó dos. A veces nos distraemos con otras historias y quizá lo olvidamos, pero como ya dijo el inglés Wayne Rooney, “Messi no es de verdad”. El delantero lo había sufrido en Wembley, la ciudad que une al nuevo entrenador del equipo con el enano ciencia ficción: en Wembley sucedió el baile más grande de un equipo a otro en una final de Champions de este siglo (el 3-1 al Manchester United de Ferguson en 2011) y en Wembley también, Koeman se ganó su ingreso a la eternidad: con un tiro libre a lo José Tiburcio Serrizuela puso el 1-0 con el que el Barsa le ganó a la Sampdoria la final de 1992, la primera Copa de Europa de su historia. Atajaba Zubizarreta, el secretario que estuvo en el cónclave del avión. En el medio jugaba Guardiola. El técnico, el hombre que inventó el futuro: Johan Cruyff.

“Según se plantea, parece que Messi es un dictador —le dijo el holandés al diario Marca en 2013, la primera temporada en la que el zurdo pensó en irse del club—. Pero cuando tú tienes la posibilidad de ser el mejor en cada partido tienes que ser un poco dictador, porque no sólo se la juega el equipo, sino también el número uno y su prestigio. En ese sentido la presión sobre Messi es enorme, porque todo el que va al campo quiere ver maravillas. Y para que salgan esas maravillas las cosas tienen que funcionar. Es algo lógico, porque tú estás por encima del resto y, si las cosas no salen bien, al primero que le van a pegar es a ti. Es el problema de ser el número uno, por eso debes ser muy exigente con todo tu equipo. Dentro y fuera del campo”.

Dentro del campo, ya no estará Luis Suárez, el último héroe de los Superamigos, la exitosa saga que a veces unía al Barcelona con la Selección. Dentro del campo, De Jong quizá sea su Gago, Ansu Fati su Neymar. Coutinho y Griezmann tal vez se arremolinen a su alrededor, moviendo defensas que deberían quedar agrietadas para que irrumpa él. Jordi Alba será su Jordi Alba; lesionado Ter Stegen, atajará Neto. Sergi Roberto será el lateral derecho: la zaga, Piqué y Lenglet. En el medio, Busquets. Eso —mismo equipo del 1-0 al Elche por la Joan Gamper— adentro del campo. Afuera, lo de siempre, la de siempre: el indomable, el genio Lionel.

En 2017, durante uno de los primeros entrenamientos con Ernesto Valverde, hubo un fútbol reducido: a Messi se le fue larga una pelota, un rival llegó antes, se la punteó, se la sacó. La patada que le metió Messi mientras éste quería irse fue hermosa, espectacular; un lapsus de Mauro Laspada, un repentino cambio de identidad. Messi hizo eso y se fue, se fue —mientras el rival (o sea el compañero) se agarraba el tobillo—, se fue sin decir nada, abandonando la práctica, caminando derechito hacia un lateral. Valverde quiso frenarlo. Un empleado del Barcelona que estaba en el club desde hacía muchos años lo agarró de un hombro. “Déjalo —le dijo—. Déjalo. Ya va a volver. Si le dices algo será peor”. 

Guillem Ballagué, autor de los libros Messi y Pep Guardiola, otra manera de ganar, cuenta una historia parecida en la biografía del técnico del Manchester City. Messi había jugado dos amistosos con Argentina y, a la vuelta, Guardiola lo puso de suplente en un partido de Liga, como visitante, frente a la Real Sociedad. “Pensó —escribe Ballagué— que el argentino había regresado cansado de su estancia con la selección (...) A Leo no le gustó la decisión. Cuando saltó al campo a media hora del final, su contribución fue escasa en un decepcionante empate a dos y, según fuentes del club, al día siguiente no se presentó al entrenamiento. A partir de aquel momento, Messi no volvió a perderse un solo minuto de la temporada”.

Guardiola llegó a tomar pastillas para dormir por intentar equilibrar un plantel que en un momento tenía a un Messi ridículo, sideral. En 2011/12 al enano ciencia ficción se le había ocurrido meter 72 goles en la temporada, más de 50 que los que tenían los otros compañeros de ataque y creación: un delirio, algo —al decir de Rooney— que no es de verdad. “El equilibrio se rompió —le contó Pep a un técnico amigo—. ¿Qué hago? ¿Sigo en la misma línea o cambio los jugadores?”. El técnico amigo, cuenta Ballagué, le recomendó presionar la segunda opción: “Los jugadores”. Al creador de las bestias le costaba controlar el vestuario de las bestias. Fue la última temporada en Barcelona del Phil Jackson catalán. 

—Yo sé que tenés el poder de hablar con el presidente y que me echen —le dijo una vez Martino a Messi—, pero no me lo tenés que demostrar todos los días, ya lo sé, ya está.

 
Zubizarreta recordó un diálogo entre Messi y Tata Martino

Explosivo, fenómeno, indómito, hermoso, argentino, calentón: la bestia zurda vuelve al Camp Nou después de haberle dicho a todos, en short y ojotas, que el presidente le había mentido y que el Barcelona hace años que no se arma para ganar. Dicho de otra manera: hace años que el Barcelona no está a la altura de su genialidad. Un ex compañero suyo le contó para esta nota a TNT Sports que aunque era verdad que a veces no se entrenaba (cosa común en los fenómenos), cada vez que había partidos cortos, los reducidos, Messi era el Messi que después vemos en la televisión. “Un día le tocó ser el comodín —se acuerda—. Había tres equipos, uno se quedaba afuera, el que ganaba seguía en el campo. Leo jugaba para el que tomaba la pelota. Se acomodó bien de líbero, atrás”. En la sucesión de partidos llegó uno entre lánguido y picante, un poco aburrido, cada tanto una patada, imposible que alguien metiera un gol. Así que Messi, cuenta el compañero, hizo una que hacía casi siempre. Agarró la pelota, le sonrió bajito, le dijo: “Ahí lo gano”, y se mandó a gambetear.

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